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Voy a aprovechar el beneficio de estar solo

domingo, 28 de febrero de 2010

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Quienes sufren de soledad a veces llegan a hacer cosas increíbles para apaciguar ese sentimiento, como tener relaciones que no funcionan o actividades sin sentido. Aprender a estar solo puede mejorar la vida e incrementar tu autoestima.

Si está buscando relaciones o simplemente las mantiene porque no puede estar solo, los momentos en los que usted sí queda sin compañía pueden tornarse insoportablemente dolorosos. Y cuando se encuentra junto a alguien puede llegar a vivir instantes agridulces, porque sabe que más tarde volverá nuevamente la soledad.

Una manera de madurar emocionalmente es aprender a sufrir e incluso prosperar cuando uno se encuentra solo. El éxito está en la habilidad de encontrarse solo, lo que permitirá poder experimentar las mejores relaciones de su vida.

El éxito de aprender a vivir en soledad puede notarse en la independencia y en dejar de buscar una relación con el único objetivo de evitar estar solo. También se puede aprender a estar solo, pero no en soledad -dos situaciones muy diferentes-.

¿Cómo enfrentar el sentirse solo?


1. Detenga todas las conductas "paliativas" que lo ayudan a evitar sentirse solo.

2. Perciba sus sentimientos y sepa que son sólo eso, sentimientos.

3. Continúe suprimiendo los comportamientos que evitan la soledad.

4. Cuídese. Salga a caminar, duerma, coma algo, haga ejercicios, háblese a sí mismo.

5. No se paralice en actividades que emboten sus sentimientos.

6. Si sufre una recaída y se encuentra paralizado, simplemente vuelva hacia atrás y permítase sentir la soledad.

7. Sepa que el sentimiento es pasajero y usted emergerá más fuerte, con energía positiva.

8. Confíe en sí mismo y en su virtud de cuidarse a sí mismo.

9. Utilice este método para enfrentar otros miedos para poder vivir la vida a su antojo.

Jorge Bucay - Dos de Diogenes

lunes, 22 de febrero de 2010

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Este es un ejemplo de lo importante que es disfrutar el presente sin preocuparnos mucho por el futuro.

Dicen que Diógenes iba por las calles vestido con harapos y durmiendo en los zaguanes.
Cuentan que, una mañana, cuando estaba amodorrado todavía en el zaguán donde había pasado la noche, pasó por aquel lugar una acaudalado terrateniente.
- Buenos días - dijo el caballero.
- Buenos días - contestó Diógenes.
- He tenido una semana muy buena, así que he venido a darte esta bolsa de monedas.
Diógenes lo miró en silencio sin hacer ni un movimiento.

- Tómalas. No hay trampa. Son mías y te las doy a ti, que sé que las necesitas más que yo.
- ¿Tú tienes más?- le preguntó Diógenes.
- Claro que sí - contestó el rico- muchas más.
- ¿no te gustaría tener más de las que tienes?
- Sí, por supuesto que me gustaría.
- Entonces, guárdate estas monedas porque tú las necesitas más que yo.

Algunos cuentan que el diálogo siguió así:
- Pero tú también tienes que comer y eso requiere dinero- insistió el caballero.
- Ya tengo una moneda - y la mostró- y me bastará para un tazón de trigo para hoy por la mañana y quizá algunas naranjas.
- Estoy de acuerdo. Pero también tendrás que comer mañana... y pasado mañana... y al día siguiente. ¿De dónde sacarás el dinero mañana?
- Si tú me aseguras, sin temor a equivocarte, que viviré hasta mañana, entonces quizá tome tus monedas.